De la interpretación a la interpelación

Han sido semanas de mucha incertidumbre en nuestra Isla. Lo que hemos experimentado en las pasadas semanas en las estructuras de poder gubernamental en Puerto Rico nos ha llevado a contemplar el rostro de la ambición del poder que se torna en opresión de aquellos a los que se intenta representar y defender. Como ya sabemos, las controversias sobre cómo deben ser las gestiones gubernamentales han quedado en el debate público.  Se ha llegado al más alto foro del Tribunal Supremo para obtener la clarificación de la Constitución a base de la interpretación apropiada de los sucesos que vivimos como país.

En el espacio de la actividad de la misión como iglesia, nos reunimos en la reflexión de las Escrituras para que mediante el estudio, diálogo y la introspección podamos vernos en el espejo de lo que somos como cristianos o de lo contrario, lo que no somos. Nos acercamos a ver el texto no como letra muerta, sino como aquella que es viva para ante todo, hacer lo que hizo Jesús, encarnar la palabra. Todos estamos convocados a encarnar el evangelio en las actividades de la vida y mucho más cuando los eventos que nos rodean están llenos de tensiones que exigen un mensaje vivo que dé luz al mundo.

Ante el evento de la demanda llevada por el Senado de Puerto Rico al Tribunal Supremo, me parece que resolver la controversia de la gobernación nos pone en el escenario de identificar cómo interpretamos los eventos; porque a fin de cuentas, tales sucesos nos interpelan a nosotros.  

En ese caso, no puede haber una interpretación adecuada si no existe una interpelación apropiada. A fin de cuentas, para ello está la ley.  No para hacer valer nuestros argumentos ni posiciones, sino para que, por encima de eso, nos ubique en quiénes somos ante los principios mediante los cuales nos regimos como pueblo.

En una ocasión, unos seguidores de Jesús se dirigían a un lugar llamado Emaús, de regreso ante la frustración de la crucifixión de Él,  por el imperio romano. Caminaban desbaratados con los sucesos de la muerte de Jesús. La misma palabra encarnada de Dios, ante los ojos de las personas que habían creído en ella, había sido aniquilada frente a ellos. Su tránsito de regreso era desesperanzado. En cambio, Jesús (quien había resucitado), se les apareció en el camino y le reinterpretó las Escrituras. Esto sucedió, no sin antes interpelarles al decirles: “¡Qué faltos de comprensión son ustedes y qué lentos para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿Acaso no tenía que sufrir el Mesías estas cosas antes de ser glorificado? Luego, se puso a explicarles todos los pasajes de las Escrituras que hablaban de él, comenzando por los libros de Moisés y siguiendo por todos los libros de los profetas.”(Lucas 24:25-27.DHH).

Aquellos caminantes que transitaban en esa especie de lamento borincano, cabizbajos ante los eventos, fueron interpelados por la misma palabra viva para que más allá de saber, fueran gestores de la esperanza sin tenerle miedo al imperio que creía haber asesinado a Jesús. Esos caminantes invitaron a Jesús a cenar con ellos y sus ojos fueron abiertos para, desde ese mismo momento, regresar a Jerusalén y compartir que Jesús había resucitado. Como iglesia en un Puerto Rico que ha estado sumergido en controversias de interpretaciones, nos hace falta un evangelio que haga interpelaciones a favor de la justicia para que hayan caminos de paz. Seamos gestores de esos trayectos que en la interpelación del amor de Dios y justicia a los oprimidos.  Hagamos valer los valores del reino de Dios que amparados en el fruto del espíritu podremos ver el de la paz que contra eso no hay ley. Por eso, digo como el profeta:  “La justicia producirá paz, tranquilidad y confianza para siempre” (Isaías 32:17, DHH).

Rvdo. Eliezer Ronda Pagán