Vísteme despacio que voy de prisa

Tenía una maestra en la escuela elemental que constantemente decía que la prisa es hermana de la desgracia. Nos instaba a caminar para ver los detalles y evitar el afán de estar corriendo para hacer las tareas con las que tenemos que cumplir. Pareciera que estamos participando de una carrera en la cual no hay objetivo de mejorar marcas o tener mejor rendimiento, sino el mero ejercicio de impresionar a otros por la opinión de lo que puedan tener de nosotros, o mas bien de nuestro desempeño.

Pareciera que muchos de nosotros estamos inmersos en nuestros propio “Exatlón” donde corremos para avanzar los obstáculos del camino con urgencia para al final perder la maña de dar en el blanco. El reto es que al movilizarnos con prisa, perdemos oportunidad de hacer las cosas con detenimiento y buscar el detalle que pueda encontrar placer en el recorrido de lo que se intenta hacer. Ahí nos mueve el afán y nos abandona el deleite de lograr propósitos ulteriores de lo que estamos llamados a ejercer.

Es esencial que pensemos en cuál es nuestro enfoque para lo que hacemos como cristianos y ante todo, como iglesia. Todos de alguna manera u otra, tenemos un paso y un ritmo que nos rige en lo que hacemos en nuestra familia, profesión y pasión. Unos lo hacen a la prisa y otros con pasividad. Me atrevería destacar que nuestro paso muestra lo que hay en el corazón y de ahí surgen nuestras conversaciones, pues de la abundancia del corazón, habla la boca (Lucas 6:45).

  Como iglesia, nos encontramos en el ejercicio de lo que constituye nuestro ADN. Lo hemos destacado como la actividad que nos lleva a amar las personas, discipularlas en una relación con Dios y enviarles a servir en la misión de la proclamación del evangelio de la buena noticia. Al hacer las cosas con prisa, corremos el riesgo de tropezarnos y pasar por alto a quienes están cerca de nosotros, por la impresión que logramos en otros.

El evangelio de Lucas nos presenta dos momentos que nos dicen que detenerse es esencial para la vida de quienes necesitan. En la parábola del buen samaritano, hubo un sacerdote y un levita que al ver al herido, siguieron su camino. Aunque el autor no establece si tenían prisa, sí destaca que lo vieron y pasaron de largo. En este caso, fue el samaritano, quien al verlo fue movido a misericordia y se detuvo para sanar las heridas del moribundo.

En otra ocasión, el evangelio de Lucas, nos presenta a un hombre publicano que quería ver a Jesús, pero la multitud no lo dejaba. Su necesidad disfrazada de curiosidad, lo llevó a subirse a un árbol para verlo. Lo interesante es que Lucas identifica a Jesús haciendo un alto para ver a Zaqueo y posar en su propia casa ese mismo día. Tanto el buen samaritano como Jesús, se detuvieron, miraron y actuaron en pro de quien estaba necesitado de ayuda.

El caso del hombre herido en el camino, era evidente, por las marcas provocadas por los asaltantes.  En el caso de Zaqueo eran profundas y debían conocerse en la intimidad del hogar. Sin embargo, para que fueran sanados, había que detenerse y moverse a sanar sus corazones. Como iglesia, siempre estamos en movimiento. Vivir ajorado y con mucha urgencia, nos puede llevar a perder de perspectiva los detalles de las heridas de otros. Nos toca detenernos y llegar a los hogares para dar sanidad y esperanza.

Que así nos ayude Dios.

Bendiciones,

 Rev. Eliezer Ronda Pagán